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domingo, 21 de marzo de 2010

7-EL MÁGICO NÚMERO 13



Los mayas modelaron un espacio sagrado al cual ajustaron el diseño de sus ciudades. Lo orientaron hacia el Sol, lo relacionaron con el Cosmos y lo sincronizaron con el Equinoccio de Primavera.
Al estudiar la realidad a su alrededor, los mayas comprendieron que necesitaban relacionar íntimamente al hombre y a la comunidad con los ciclos naturales y con el cosmos. Para ellos, esta era la única manera de fluir con las fuerzas inteligentes que dan forma y trascendencia al Universo; de aprovechar conscientemente la coherencia de todo lo que existe para impulsar la evolución de su consciencia y permanecer en una serena felicidad.
Sus sabios crearon entonces un espacio conceptual y mental, un modelo sagrado al que ajustaron sus ciudades, en el cual ubicaron sus plazas y sus templos. Comenzaron por referenciarlo a un centro de observación; a un punto focal donde construyeron siempre la Pirámide Principal –el Templo Máximo– de cada una de sus ciudades estado. Comprendieron que para ajustarlo al orden inherente en la realidad debían orientarlo de manera muy precisa hacia el eje Este–Oeste por el cual se desplazaba el Sol; ubicaron las posiciones que ocupaba al amanecer y al atardecer en los días de los equinoccios, cuando su relación con la Tierra era tan perfecta que el intervalo de luz y oscuridad eran exactamente iguales. Así lograron que su comunidad mantuviera una relación deliberada y consciente con el Universo. Esto generó un orden social armónico y permitió que generaciones de sacerdotes del Sol pudieran dedicarse sin obstáculos a estructurar con sus investigaciones su extraordinario legado. Sus precisos calendarios, sus modelos sobre los sucesos que habrían de repetirse con el paso de los días. Toda la información que les facilitó entender lo que sucedía a su alrededor. La predicción de eventos que sucederían en nuestros tiempos por correspondencia con procesos y movimientos concatenados que habrían de suceder arriba, en el dominio de las fuerzas causales, del Sol, de la Luna, de los planetas, de las estrellas, de la galaxia y del Universo entero.
Comprendieron que el día del Equinoccio de Primavera unía el Espacio y el Tiempo, en un fenómeno visible y mensurable en todo el planeta. Lo que ocurría no era un evento local, como los pasos cenitales del Sol, los cuales –como hemos visto– varían dependiendo de la latitud de la región en donde son registrados. Por lo tanto, el Equinoccio podía usarse –desde todas sus ciudades– como un punto común de referencia espacio–temporal para sincronizar sus calendarios con la realidad. Un punto fijo en una realidad dinámica que usaron para medir los movimientos cíclicos de los planetas y de la bóveda celeste, para relacionarlos con las transformaciones y eventos que se sucedían en la naturaleza y afectaban profundamente la vida del hombre. Inteligentemente develaron muchas sincronicidades entre estas dos escalas de la realidad; correlaciones que reflejaban la unidad y la coherencia entre todo lo que existe y el propósito común a todos los seres. Encontraron que había correspondencias entre algunas posiciones planetarias –las cuales tenían una relación geométrica y matemática armónica– con eventos, estados de ser y experiencias humanas. Verificaron que, al repetirse estas posiciones resonantes, eventos muy similares volvían a suceder.
En consecuencia con todo este pensamiento –durante toda la época clásica– los mayas celebraron en el día del Equinoccio de Primavera la terminación del invierno, el final del año y la llegada de la primavera con la cual comenzaba el nuevo año. Al día siguiente, comenzaban la celebración de los Way’Eb, los días de transición entre el año que terminaba y el nuevo. Uno de los propósitos de esos días era verificar y ajustar perfectamente el tiempo divino –el cual determinaba los movimientos de los astros a la par con los comportamientos de la naturaleza– con los calendarios de los hombres. Para ello, cada cuatro años le agregaban un día adicional a esos festejos, de manera similar a nuestro año bisiesto. Así garantizaban que la información obtenida sobre las características individuales de cada día del año –al repetírse éste cíclicamente– sirviera para programar qué actividades debía realizar la comunidad; de esta manera estarían en consonancia con las energías del cosmos que ayudaban a impulsarlas.
Año tras año, usaron el día del Equinoccio como referencia para develar con exactitud las transformaciones diarias que inducen los astros en la naturaleza, en los estados esenciales de la energía sobre la Tierra, en lo frío y en lo caliente, en lo húmedo y en lo seco. La correspondencia con fenómenos naturales como las lluvias, los vientos y las estaciones climáticas, eventos que veían como encarnaciones de espíritus inteligentes o de presencias metafísicas que actuaban en consonancia con la mente del hombre. De alguna manera, los mayas fueron animistas, puesto que desarrollaron una sensibilidad especial, una manera para percibir y contactar a los espíritus de todo lo que existe; de los bosques, de los ríos, de los vientos y de las lluvias; para develar las sincronicidades que éstos inducían en la vida del hombre. Abrieron su mente a la existencia de una relación, entre el estado interior de los hombres y eventos externos inducidos por el Universo entero. Esta actitud les permitió estar deliberadamente alertas a coincidencias, que de otra manera habrían percibido como sucesos casuales. Concluyeron que éstos no existen, que todos los eventos, ya sean habituales o inesperados, suceden para potenciar y ordenar la evolución de la consciencia. Comprendieron que todo lo que sucede en el universo es perfecto. Que todo lo que ocurre tiene un significado trascendente y que todo lo que existe está íntima y coherentemente unido.


Su arquitectura cumplía simultáneamente varios propósitos, prácticos, científicos y religiosos. Las puertas y las ventanas de sus templos y edificios enmarcaban sectores del cielo, donde eventos celestiales de importancia tendrían lugar. Como ya hemos visto, los altares de sus pirámides eran instrumentos científicos de gran precisión. Levantaron murallas en el horizonte, no como defensas sino como puntos de referencia para registrar los movimientos del sol, de los planetas y de la bóveda estelar. Se sabe, por sus libros sagrados, que utilizaron espejos de obsidiana negra para observar el reflejo del disco solar. Es fácil deducir entonces, que así debieron detectar las manchas negras que aparecen esporádicamente en su superficie y notar su desplazamiento, lo cual habría sido un claro indicio de que el Sol rotaba sobre sí mismo. Seguramente –tras años de registros– pudieron determinar los ciclos de máxima intensidad en la radiación del Sol –cuando mayor incidencia tenía su energía en los espíritus individuales de sus días sagrados– y deducir que correspondían con la aparición de esas manchas oscuras. Sin embargo no podemos asegurar esto último, puesto que miles de códices con invaluable información –la cual hubiera impulsado exponencialmente a la cultura occidental– fueron reducidos a cenizas por la misma ignorancia fanática que destruyó la Biblioteca de Alejandría. Lo que sí se puede asegurar es que utilizaron grandes espejos de agua, sobre los cuales tendieron cuadrículas de cordel, para observar, registrar y estudiar en la imagen reflejada, los movimientos de los astros en el cielo nocturno.
Fue así como encontraron que los planetas giraban alrededor del Sol siglos antes de Copérnico. Verificaron cómo Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, se escondían tras éste, para reaparecer nuevamente al cabo de un tiempo. Tres códices con sus tablas orbitales lograron sobrevivir la locura de los conquistadores y son prueba de ese conocimiento astronómico.
AL TZOL’KIN, EL TEJIDO DEL TIEMPO QUE RELACIONA AL HOMBRE CON EL COSMOS, LE DAN FORMA LOS 20 GLIFOS SOLARES Y LA TRECENA SAGRADA DE LA SEMANA MAYA

El 13 es un número determinante en los movimientos orbitales de la Luna
Antiguamente, se consideraba al 13 como un número mágico porque se le relacionaba frecuentemente con muchos temas trascendentales sobre el orden de la realidad. Los mayas lo convirtieron en un número sagrado porque lo encontraron al estudiar los movimientos de la Luna y de los planetas. En la Luna, el satélite natural de la Tierra, el 13 tiene una gran incidencia. En un año solar hay 13 lunaciones de aproximadamente 28 días cada una (13x28 =364). Cada lunación tiene 4 fases, en las que presenta diferentes aspectos visuales según sea su posición con respecto al Sol. Cuatro diferentes aspectos que diferencian de manera notable las noches. Por esto la usaron como referencia para medir el cosmos. En 13 días, pasa de Luna nueva a Luna Llena. También se desplaza 13 grados por el cielo cada día. Los mayas que la llamaron Ix’Chel, registraron sus fases sistemáticamente y como resultado diseñaron un calendario al cual llamaron Tun Uc, o la “Cuenta anual de la Luna”. Éste les permitió predecir sus fases y saber con anticipación cuándo sucedería un eclipse y cómo se comportaría el mar. Tan precisos fueron sus cálculos, que conocían la duración exacta de 29,5308641 días, de la órbita de la Luna a la Tierra. En Palenque registraron que 405 lunaciones corresponden a 11.960 días, (11.960/405= 29,5308641). Cifra que también dejaron expresada como 920 trecenas sagradas mayas (13x960= 11.960). La ciencia actual la determina en 29 días, 12 horas, 44 minutos y 2.87 segundos. Medida que hoy es conocida como la órbita Sinódica de la Luna: la duración del intervalo entre luna nueva y luna nueva, observada desde un mismo punto.
El 13 también es un número determinante en los movimientos de Mercurio
Mercurio, el planeta más cercano al Sol, se recorta 13 veces cada 100 años como un pequeño punto negro sobre el disco Solar, en lo que la ciencia moderna llama los tránsitos frente al Sol. Realiza una órbita elíptica y excéntrica al Sol, lo que hace que su órbita Sinódica –el intervalo entre apariciones observadas desde un mismo punto– varíe entre 104 y 130 días; puntos extremos del intervalo orbital que son múltiplos exactos del número 13 (104=13x8 y 130=13x10). Los mayas, en sus cálculos y registros astronómicos usaron 117 días como promedio para su órbita sinódica, la cual equivale a 9 trecenas exactas (9 x13=117).
El 13 y Venus
Venus, es el segundo planeta en orbitar al sol y es el objeto más brillante en el firmamento. Se encuentra aproximadamente a 104 millones de Kilómetros del Sol (104/13=8). Los Mayas lo llamaron Chak Ek', que significa “Gran Estrella Divina”. La órbita Sinódica de Venus varía entre 579,8 y 587,8 días. Los mayas usaron un promedio de 585 días, que equivalen a 45 trecenas (13x45=585). Cuando Venus desaparece por el Oeste, detrás del Sol, permanece oculto durante 91 días, (13x7 =91). Cuando reaparece por el Este, como estrella de la mañana, puede verse de manera continua antes del amanecer durante 234 días (13x18 =234). Venus también hace tránsitos en los cuales se recorta como un punto negro frente al disco Solar. Hace dos tránsitos –separados el uno del otro por 8 años– repitiendo este mismo par de tránsitos cada 100 años (100–8–100–8...). Los mayas utilizaron este “reloj cósmico” de tránsitos de Venus como referencia para sus tablas astronómicas y sus profecías. Precisamente el 6 de junio del 2012 ocurrirá su siguiente transito; otra confirmación del final en ese año, de la Cuenta Larga maya. Su Trecena Sagrada también les permitió relacionar una órbita de Venus por cinco de Mercurio (117 de Mercurio x5= 585 de Venus = 45x13 días).
El 13 y Marte
El Planeta Marte orbita al Sol, entre la Tierra y Júpiter, a una distancia aproximada de 143 millones de kilómetros (143/13 =11). Marte también tiene una órbita elíptica excéntrica alrededor del Sol, por lo que su período sinódico varía entre 767 y 793 días. Estos puntos extremos de su órbita son múltiplos exactos del número 13 (767=13x59 y 793=13x61). Su órbita promedio es de 779.94 días. Los mayas la promediaron en 780 días, también múltiplo exacto de 13 (780/13 =60). Marte le da una órbita al Sol en 60 semanas mayas exactas (60 x13=780 Días). Por todas estas sincronicidades, los mayas hicieron de la trecena, su semana.
El 13 y Júpiter
La distancia aproximada de Júpiter al Sol es de 780 millones de kilómetros (780/13 = 60). Es también 13 veces la distancia de Mercurio al Sol. La órbita Sinódica de Júpiter es de 398.88 días, los mayas la aproximaron a 400 días para utilizar su sistema vigesimal de base 20. Luego, si necesitaban un cálculo muy preciso, eliminaban los días de más.
El 13, y Saturno
Saturno es el sexto planeta del Sistema Solar y el segundo en tamaño después de Júpiter. Es el único con un sistema de anillos. Se encuentra aproximadamente a 1.430 millones de kilómetros del Sol (1430/13 =110) equivalente a 26 veces la distancia de Mercurio al Sol (2x13). Su órbita Sinódica que dura 378,08 días fue redondeada por los mayas a 377 días para medir sus movimientos fácilmente en 29 semanas ( 377 = 13x29).


La Trecena se convierte en uno de los números más sagrados para los mayas
Son 13 los períodos de 400 años –los 13 Bak’Tun Oob– que determinan el intervalo que mide su Cuenta Larga. Marcan la llegada del día 13.0.0.0.0. –el día del Alfa y el Omega del 2012– cuando llegamos al punto intermedio del Gran Ciclo Cósmico, 5.200 años mayas (13x400) después de la fecha en que sus antepasados olmecas llegaron al nuevo mundo para dar origen a su civilización. También 13, son los principios que ordenan su realidad; 13 sagrados arquetipos que representan a 13 distintas jerarquías y estados de ser, en los 13 niveles que tiene el cielo en su visión del Universo. Las 13 divinas esencias, las Ox’La’Hun Ti K’uh, las "13 de Dios". Gradaciones sucesivas de una substancia cada vez más etérea y poderosa. También son 13 las articulaciones principales del hombre: una en el cuello, dos en los hombros, dos en los codos, dos en las muñecas, dos en las caderas, dos en las rodillas y dos en los tobillos.
Por otro lado, 12 esferas agrupadas alrededor de una esfera central, conforman un grupo de 13, que es la forma tridimensional más compacta que existe en la naturaleza y en el universo. El 13 es también el séptimo número en la Progresión Matemática Divina (0,1,1,3,5,8,13...), la cual le imprime a todo lo que existe en este universo, la marca de “Hecho por Dios”.


Sin embargo, hoy se cree que el 13 es un número de mala suerte. Pero, ¿cómo pudo un número sagrado llegar a convertirse en un símbolo de mala suerte? El número 13 era reconocido por la orden de los Caballeros Templarios como parte esencial de la geometría y de las progresiones matemáticas sagradas, como el reflejo de un patrón de orden que se manifestaba claramente en el hombre, en la naturaleza y en el cosmos. Más aún, el viernes 13 era un día doblemente sagrado para los Templarios. Fue por eso que Felipe IV de Francia, el Rey de hierro, y el papa Clemente V, designaron ese día para apresar a sus miembros y destruir a la orden. El viernes 13 de octubre de 1307 comenzó a recordarse como una fecha negra que se extendió a todos los viernes 13. A partir de ese momento, poseer las cartas del Tarot que contenían la sabiduría Templaria, se convirtió en una herejía. Curiosamente, la carta 13 del Tarot es la carta de la muerte; la que simboliza el final de un ciclo, el momento del renacimiento y de la gran transformación. A pesar de la persecución desatada, la baraja de cartas actual ha sobrevivido como una reminiscencia del Tarot Templario y por ello tiene 52 cartas: 13 corazones rojos, 13 corazones negros, 13 diamantes y 13 tréboles. El número 13 fue entonces demonizado por su pasado sagrado, mágico, hermético y profano; por su misterioso y evidente poder.
La necesidad de unir la vida del hombre a los ciclos del cosmos y de comprender la mecánica de los astros, dio lugar al Tzol’Kin, que significa "El orden de los días". Su nombre resulta de la unión de dos vocablos, Tzol que significa orden y Kin que significa día. Un calendario sagrado que fue el centro de su civilización, puesto que todo giraba a su alrededor. A través del Tzol’Kin los mayas conectaron su vida y su espacio sagrado al Sistema Solar y al Sistema Sideral. Gracias a este calendario, pudieron ponerse de acuerdo en qué día era y en el tipo de energía que éste poseía. Fue el centro de la consciencia de su civilización, la herramienta para guardar la memoria de lo que fue y el saber de lo que sería. Para diseñarlo combinaron los 20 Glifos Solares Sagrados –que encontraron en su estudio sobre el Sol– con la trecena; los números del 1 al 13 de su semana sagrada, intervalo que es un divisor común en los ciclos orbitales, de la Luna a la Tierra y de los planetas al Sol.

El Tzol’Kin puede verse como un tejido o como dos ruedas que se mueven sincrónicamente para designar los días, la de la trecena sagrada y la de los 20 glifos Solares.


Los 20 Glifos Solares Sagrados eran la fibra vertical que tejía la realidad maya. Mostraban el fluir de las influencias arquetípicas que llegaban a su mente. Las 20 trecenas mayas, 20 secuencias de números del 1 al 13, conformaban la fibra horizontal del tejido de su realidad. Relacionaban los ciclos concatenados de todo lo que existe, con sus vidas. Los 13 niveles horizontales definían la matriz del telar del tiempo y representaban las frecuencias de la luz.

Los 20 Arquetipos Solares develan las características de cada día
Los 20 Glifos Solares que utilizaron en el Tzol’Kin eran arquetipos que ayudaban a la mente a diferenciar los días. Eran componentes gráficos, glifos y símbolos universales que resonaban con su cultura. La intuición de sus sacerdotes los extrajo del inconsciente colectivo –del absoluto del que surgen todos los temas de la vida– para que formaran parte de sus mitos, de sus rituales y de sus calendarios. Con solo observarlos su pueblo recibía directamente en su mente –como una inspiración sagrada– la información sobre las energías y los principios que ordenan la realidad. De esta manera los glifos en los calendarios comunicaban qué influencias recibía cada día; las cualidades que tendría, los estados de Ser que potenciaría. A través de estos glifos y códigos ordenaron y clasificaron las cualidades de cada día, lo que les permitió programar y organizar las actividades de su vida para que todo fluyera, alineado y en sincronía con el universo entero. Fue así como acumularon una gran sabiduría, como encontraron que el Sol, el cosmos y las jerarquías del universo determinan ciclos en la vida del hombre, estados de ser que inducen la evolución de su consciencia. Conocimientos que utilizaron de una manera práctica para mantener su paz interior y generar bienestar en su comunidad.
7 niveles verticales definían tridimensionalmente la frecuencia vibratoria de los días en octavas de frecuencia vibratoria.
El Tzol’Kin ordena el paso del tiempo en secuencias de 260 días para sincronizar la vida con el Cosmos
El mínimo común múltiplo de 13 y 20 es 260 que resulta ser el intervalo medido por el Tzol’Kin. Estos 260 días conformaron un tejido que resonaba de distintas maneras con el cuerpo etérico de los hombres. Ninguna otra civilización sobre la Tierra produjo un calendario similar que registrara ciclos repetitivos de 260 días, ni que se interesara por comprender cómo la energía y la información que se recibe día a día sobre la Tierra, afectan la realidad. Es un hecho evidente que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas –desde distintas posiciones en las dimensiones superiores– dirigen cada día su energía, su influencia y su información hacia la Tierra. Esto le imprime características energéticas distintas a cada día y el Tzol’Kin gráficaba estas características particulares. La percepción de los ciclos cósmicos repetitivos y las secuencias de la naturaleza es lo que da la sensación del transcurrir del tiempo. Los mayas encontraron que estas repeticiones están rítmicamente espaciadas, de acuerdo a la relación constante entre los números 13 y 20. Es por eso que la relación 13:20 fue la base para el diseño del “Tejido de los días”. El Tzol’Kin tiene 260 días. El Gran Ciclo Cósmico dura 26.000 años. La distancia del Sistema Solar al centro de la Galaxia es de 26.000 años luz. Una órbita del Sistema Solar tarda 260 millones de años. Cifras que son todas fractales del número 26 (2x13) y de 260 (20x13), el utilizado por el Tzol’Kin. Pertenecen a un mismo orden que se repite a distintas escalas, en el que cada una de sus partes es proporcional a todas las demás y conserva fielmente las mismas características esenciales. Esto demuestra la calidad de la información astronómica maya. Al modelar gráficamente esa combinación matemática 13:20, en una sucesión de trecenas y de veintenas, lograron que la mente del hombre se relacionara con los ciclos de la naturaleza. A cada día del calendario le corresponde un Glifo y uno de 13 números, con los cuales diferenciaban entre sí a los 260 días.
El Tzol’Kin destaca 52 días especiales que conforman una doble helix
Una quinta parte de los 260 días tienen energías especiales (260/5= 52), generadas por la relación armónica entre la Luna, el Sol y los planetas. El Tzol’Kin destaca estos 52 días en los que los mayas realizaban ceremonias de conexión con el cosmos. Curiosamente estos días se ven como una Doble Helix en el “Tejido del Tiempo”, una forma de orden muy especial en el universo, tan trascendente como la creada por el Sol en el Analema. Las Proporciones Geométricas Sagradas determinan la existencia de relaciones armónicas, de posiciones en el espacio en que los planetas producen resonancias e interferencias destructivas y constructivas en la energía emanada por el Sol y las constelaciones de estrellas. Relaciones de oposición lineal (cuando dos Planetas están a 180º entre sí); de cuadrados perfectos conformados entre dos o más entidades (cuando dos planetas se encuentran a 90º el uno del otro); cruces (dos parejas de planetas en oposición perfecta) y trinos (tres planetas formando un triángulo equilátero). Una muestra visible y evidente de lo que generan estas posiciones armónicas, la dan la relación que producen el Sol, la Luna y la Tierra. Sus posiciones determinan las fases de la Luna, los eclipses y los movimientos de líquidos como las mareas y la savia de las plantas.

Los 52 días especiales del Tzol’Kin funcionan matemáticamente como una especie de cuadrado mágico. La suma de los números –del 1 al 13 que identifican a cada día– en las esquinas de cada uno de los 7 niveles que conforman la doble helix, dan siempre 28.
El Tzol’Kin puede graficarse como una matriz tridimensional de 7 niveles
El Tzol’Kin también registraba en 7 octavas las variaciones de frecuencia en la energía de los días. Gradación que podemos encontrar al graficarlo como una matriz tridimensional de 7 niveles. Uno por cada color –de los 7 en los que se descompone la luz– los cuales estructuran el orden en el Universo. Las 7 octavas ordenan verticalmente las distintas longitudes de onda en que vibra la energía y determinan los rangos de sus cambios de estado y densidad. ElTzol’Kin ordena todo lo que existe en rangos dimensionales que van desde lo más denso a lo más sutil. Una dimensión es un rango definido de frecuencias en las que vibra la energía y por donde se mueve un cierto tipo de información. Es la combinación de información y energía lo que genera los distintos seres, estados, o planos de existencia en el Universo. Dependiendo de su frecuencia vibratoria, la energía porta información más o menos poderosa, lo cual también aumenta o disminuye su área de influencia. El Tzol’Kin crea una consciencia matemática, ordenada y cíclica, que permitió a los mayas salir de la ignorancia. Basándose en lo conocido lograron predecir lo desconocido, definir momentos en los que el cambio es previsible y explicable.

Utilizaron el Tzol’Kin para sincronizarse con las órbitas de Mercurio, Marte, Venus y Júpiter
Con el Tzol’Kin podían seguir los movimientos concatenados de todos los astros y podían detectar sus posiciones armónicas con exactitud asombrosa. El Tzol’Kin completa 9 giros exactos mientras Mercurio le da 20 órbitas al Sol (9X260= 2.340, 20x117 =2.340). Simultáneamente Marte realiza 3 órbitas al Sol (3x780=2.340) y Venus lo orbita 4 veces (4X585=2.340). Intervalo que también equivale a a 180 semanas mayas (180x13 =2.340). Mientras el Tzol’Kin completa 20 giros (260x20=5200) Júpiter le da 13 órbitas al Sol (13x400=5200). Un Tzol’Kin y 1/4 deTzol’Kin + 52 días es igual a una órbita de Saturno (260+65+52=377). Hoy sabemos que, inclusive las órbitas de Urano y Neptuno, se hubieran podido registrar en el Tzol’Kin.
El día del nacimiento y el Tzol’Kin revelan el destino
Al estudiar durante cientos de años las características de cada día, lograron comprender qué tipo de influencias éstas ejercen y –más importante aún– aprendieron a utilizar esa información para develar el destino que cada ser humano viene a experimentar en la vida. Los sacerdotes mayas encontraron que los atributos del día del nacimiento, revelan la misión que le corresponde a quien nace, en la vida que comienza. Las energías presentes ese día revelan las características de la personalidad que habrá de desarrollar; el tipo de relaciones que establecerá; el estado de salud que tendrá y el tipo de trabajo que viene a desempeñar. Saber esto era una ayuda invaluable para que cada individuo fluyera fácilmente con las correspondencias de aprendizaje que su destino le marcaba. Correspondencias que decidió tener en esta vida –antes de encarnar– para obtener comprensiones sobre el orden y sobre lo que es verdad en el universo, a través de experiencias en carne propia. Consideraban esta información tan exacta, que cada maya recibía por nombre, el del día en que nacía. De esta manera todos sabían con quién estaban tratando; cómo pensaba la persona y cuál era el propósito de su presente encarnación. Los mayas creían que, como seres espirituales, escogemos el día en el cual nacemos, para que las posiciones de los astros en ese momento, le impriman a nuestra alma las características de identidad y de Ego que queremos experimentar en esta vida. Elegimos ese día para que sus energías e influencias estén de acuerdo con nuestras intenciones de aprendizaje y con el destino que escogimos para esta encarnación. El sacerdote, al estudiar en el Tzol’Kin, la fecha de nacimiento del recién nacido, encontraba las características de ese día, además de el tipo de energías que estuvieron presentes durante toda su gestación. De inmediato, sabía que el alma había entrado como un impulso vital a la matriz de la madre –para dar comienzo a la gestación de los cuerpos físico, etérico, astral y mental– en uno de los 13 días previos a los 260 días del embarazo. Un giro del Tzol’Kin es también el intervalo exacto que toma la gestación de un ser humano (260/9= 28.88 días). Con la información que encontraba, el sacerdote podía saber qué tipo de destino tenía más probabilidades de experimentar la criatura. Al llevar el nombre del día que resumía esta información, el niño recibía una ayuda invaluable para tomar consciencia de lo que se había propuesto venir a aprender en esta encarnación. Las características del día de su nacimiento y de los días de su gestación, determinaban su personalidad, su carácter y su temperamento. Develaban los talentos, dones y atributos potenciales que cada ser traía consigo. Aquellos que había adquirido como comprensiones en vidas anteriores, los cuales también eran un indicio, del nivel de su consciencia y del número de veces que había reencarnado. Todo ello quedaba grabado en su alma, a través de estas energías, para que correspondiera con el propósito cósmico escogido por su espíritu en cada existencia.
La fecha del nacimiento también le develaba los Eventos de Destino, las experiencias difíciles que tenían grandes probabilidades de suceder en su vida, aquellas que necesitaba para potenciar la evolución de su consciencia. El nacimiento, por lo tanto, no sucedía por casualidad; "coincidía" con un escenario cósmico único dentro del espacio sagrado maya. Con una disposición planetaria particular que incidiría en las cualidades y reflejaría las características psicológicas de quien nacía en ese momento.
Más recientemente, Jung plantearía un concepto similar, el cual ha sido confirmado por muchos astrólogos. Los grandes cambios que ha experimentado la humanidad en todos los tiempos, están íntimamente relacionados con una serie de configuraciones armónicas galácticas. Tal y como sucedió cuando una corriente espiritual –generada por una relación astral armónica– dio lugar a los nacimientos de Buda, Lao Tsé y Confucio; lo mismo aconteció con Jesucristo y el cristianismo; con la revolución del pensamiento que generó Copérnico o la que estamos experimentando en estos tiempos con el nuevo paradigma cuántico. Los mayas ya habían encontrado esto muchos siglos atrás y de ese conocimiento surgieron sus profecías para nuestro tiempo.
El Tzol’Kin es un Calendario tanto Sagrado como científico. Sagrado, porque permitió conocer y anticipar la acción de las fuerzas sobrenaturales que rigen el Universo y la manera como ayudan a determinar el destino de los seres humanos. Científico, porque fue modelado por las relaciones numéricas entre las órbitas planetarias y las posiciones estelares y galácticas. Por eso facilitaba el cálculo de las posiciones exactas de los astros en el espacio y de sus relaciones armónicas para convertirlas en fechas precisas e información trascendental para los seres humanos. Al usarlo, en combinación con otros calendarios como el Uc de la Luna y el Haab del Sol, los mayas encontraron información muy precisa y totalmente verificable sobre la vida de los hombres.
El Tzol’Kin fue el resultado del registro sistemático de eventos astronómicos recurrentes durante largos períodos de tiempo. Al estudiarlos los científicos, astrónomos y sacerdotes mayas –líderes de su comunidad– diseñaron un modelo asombroso por su exactitud y trascendencia. “Fue gracias al Tzol’Kin que encontraron “El Tiempo del No–Tiempo”; el período de cambio intenso y veloz que actualmente experimentamos; el cual nos permite a todos nosotros, aquí y ahora emprender un nuevo comienzo, en una nueva frecuencia, dentro de este corto período transformador que se repite cíclicamente y que es parte esencial del Gran Ciclo Cósmico. Con sus estudios del Sol –en los intervalos de luz de cada día– develaron el orden de la escala terrestre. Con sus estudios de la Luna y de los planetas –en el intervalo de oscuridad de cada día– develaron el orden en la escala del Sistema Solar y su relación con el Destino menor de los seres humanos, el cual corresponde a su vida presente.
En nuestra próxima entrega, veremos cómo su estudio de las estrellas aclaró su relación con el Universo entero y develó el orden del Destino Mayor, la sucesión de vidas que un ser humano debe experimentar para auto–transformarse hasta llegar a la iluminación.

sábado, 13 de marzo de 2010

6-LA REVELACIÓN DEL SOL


Los mayas encontraron que la realidad se ajusta a un Orden Supremo

El profundo estudio que los mayas hicieron del Sol les permitió develar la existencia de un Orden Sagrado, un orden causal inherente a la realidad en la que existimos. Esta comprensión es su más importante legado, más aún para el hombre actual, para el que nada es sagrado, para quien lo único que existe es la materia que puede ver y tocar. Los mayas encontraron que ese orden controla el comportamiento de la naturaleza, la manera secuencial como se manifiestan las fuerzas elementales; la luz y el calor, el viento y el agua. Todos los fenómenos naturales que le dan continuidad a la vida, se ajustan a ese Orden Supremo; los eventos que determinan la manifestación del instante inmediato, los acontecimientos cíclicos a los que se acostumbra nuestra mente, aquellos que nos permiten esperar sin angustias las transformaciones dinámicas del Universo.

También los eventos súbitos generados por la naturaleza –Eventos de Destino inesperados– que cambian la vida del individuo y de la colectividad, forman parte de este Orden. Las tempestades, los tornados, los huracanes, los terremotos y las erupciones volcánicas –eventos aparentemente caóticos– también forman parte de este orden; sólo que –por su complejidad– pertenecen a una escala mayor, por lo tanto más difícil de percibir. Este Orden causal genera cambios inesperados y transformaciones en la realidad física, para potenciar cambios en la mente e impulsar la evolución del espíritu y de la consciencia del hombre.

El hombre actual –convencido de su autosuficiencia por la gran capacidad de manipulación y control que ha adquirido sobre la naturaleza– cree en cambio que la vida y la consciencia son el resultado de un accidente; que el Universo es un mecanismo sin propósito y sin destino; que sólo él –y por casualidad– tiene consciencia e inteligencia. La naturaleza es vista sólo como un recurso material; minerales para explotar, animales para comer, agua para generar electricidad o para irrigar los cultivos necesarios para sobrevivir. No son parte de una unidad fundamental, de un todo coherente y consciente que trabaja con nosotros para potenciar la evolución colectiva. Esta visión arrogante se ensombrece aún más con la concepción de que el momento actual es superior a todo momento pasado y que la naturaleza sólo existe para satisfacer nuestro egoísmo. Esta arrogancia ha empobrecido espiritualmente nuestra sociedad; nos tiene consumidos en una existencia angustiada, sin propósitos claros, y ha generado la crisis ecológica que experimentamos.

Los mayas creían que este orden invisible –que sólo puede ser visto a través de la inteligencia de la razón o con la sensibilidad de la intuición– es el sustento, la base que fundamenta nuestro libre albedrío. Existe para que experimentemos en carne propia y secuencialmente esos eventos, para que al decidir cómo actuar ante ellos, obtengamos resultados en nuestra vida. Si analizamos cuidadosamente qué tipo de resultados generan nuestras decisiones, obtenemos comprensión sobre ese mismo orden y la sabiduría necesaria para generar armonía y mantener nuestra paz interior. No creían que el hombre debía actuar como un títere, ciñéndose a un libreto escrito por un ser superior, sobre el cual no tenemos ninguna responsabilidad. El orden no presupone un determinismo rígido; existe para permitirnos manifestar libremente nuestra esencia, para dar lugar a una eterna manifestación de diversidad e individualidad. Curiosamente este pensamiento coincide con las conclusiones de la Física Cuántica, en las que aquello que va a suceder no se puede determinar exactamente, sólo podemos conocer sus probabilidades de manifestación. Las decisiones de la consciencia colectiva determinan lo que sucede en el instante siguiente, pero siempre pueden sobrevenir sorpresas en el último momento. Para los mayas esto sucede porque El Todo responde al consenso. El ser supremo que entre todos conformamos –esa portentosa inteligencia que tiene un infinito poder y una absoluta sabiduría– pliega su voluntad y tan sólo observa desde la neutralidad de su amor. Tolera y respeta nuestras decisiones y las experiencias que éstas nos producen, mientras vamos aprendiendo a ajustar nuestro albedrío a un orden que garantiza nuestra evolución y nos conduce a la felicidad.

Los astrónomos mayas utilizaron diversos instrumentos para registrar, medir, comparar, verificar y comprender los movimientos del Sol; para cuantificar la cantidad de energía que irradia, para develar el orden del cual es parte y principal generador. Un orden trascendente que esperaba ser descubierto y admirado por la inteligencia del hombre. Los suyos eran instrumentos solares que podríamos llamar de alta tecnología, pero muy sencillos e ingeniosos, gracias a los cuales lograron esa fascinante exactitud en sus calendarios. Instrumentos que eran utilizados en secreto por los Ahaw Kin Oob –sacerdotes dedicados a la astronomía y a las matemáticas– para obtener un conocimiento hermético del cual se derivaba gran parte de su poder.

EL GNOMON, UN SENCILLO INSTRUMENTO CON EL QUE ENCONTRARON LA ORIENTACIÓN DEL ESPACIO SAGRADO

El primero de sus instrumentos fue el gnomón. Se trataba de una estaca o de una vara larga cuya sombra iba formando un mandala sagrado. Un círculo con radios graduados y ajustados a los movimientos del Sol en el cielo durante todo el año. Las marcas establecidas eran usadas posteriormente para medir el transcurso del intervalo de luz de cada día y para orientar de manera muy precisa su arquitectura. Al salir el Sol, la larga vara proyectaba una sombra que cruzaba el círculo a su alrededor en un punto. Lo mismo ocurría al atardecer, momentos antes de ponerse el Sol. Al trazar una recta entre esos dos puntos sobre el círculo se obtenía un eje Este-Oeste, la proyección del arco por el cual se había movido el sol en ese día. Al repetir este ejercicio todos los días del año, confirmaron la posición de las cuatro esquinas del espacio sagrado maya: los extremos izquierdo y derecho de los solsticios; el verdadero eje Este-Oeste que se marca de manera muy precisa el día de los equinoccios, que al dibujarle una perpendicular permitía encontrar el eje Norte-Sur; y con éste, los cuatro puntos cardinales con los que orientaban sus ciudades. Puntos que las relacionaban al orden cósmico, generado por el Sol en esta escala de la realidad.

De la utilización de este sencillo instrumento derivaron el primer componente del Orden Supremo en el espacio: su sagrada orientación. La asociaron a sus 4 colores sagrados –rojo, blanco, negro y amarillo– con los que crearon una secuencia ininterrumpida para comenzar a develar las características individuales de cada día. Los mayas creían que los días eran entidades conscientes, espíritus inteligentes que influían en la mente del hombre propiciando conductas individuales y colectivas. También comprobaron su influencia sobre la naturaleza, como cambios en los vientos y en las lluvias, e incrementos o disminuciones de los vórtices ascendentes de energía telúrica en los sitios de poder sobre los cuales construyeron sus templos y pirámides. Sus 4 colores sagrados representaban muchos principios de orden que actuaban simultáneamente: los 4 puntos cardinales, las 4 esquinas de un cuadrado perfecto, la cubierta del cubo poliédrico que da forma al mundo material. También representaban a los 4 tipos de energía –que llamaron los 4 K’uh’Ul Oob–, las esencias divinas que surgen del centro del Universo: lo masculino y lo femenino, lo positivo y lo negativo. Aquellas que daban lugar a los 4 grados de libertad que puede adoptar la energía al condensarse en materia: lo caliente y su opuesto lo frío, lo húmedo y su opuesto lo seco. Los que, a su vez, dan lugar a los 4 elementos de la naturaleza: el fuego y el aire, que son principios activos; el agua y la tierra, que son principios pasivos. Los mayas usaron sus 4 colores sagrados para representar todos estos conceptos que describen la intensidad y el tipo de energía que llega al espacio del hombre.





El primer color es el Rojo, que representa al Este. El amanecer, el comienzo del día, cuando la energía que impulsa todos los procesos transformadores es creciente. La primavera. La siembra. Lo seco, el fuego y la Tierra. El segundo color es el Blanco, que representa al Norte. El mediodía, el clímax, la máxima intensidad de la energía. El verano. Las flores. Lo caliente, el aire y el fuego. El tercer color es el Negro, que representa al Oeste. El atardecer, cuando cesa la energía que impulsaba todos los procesos. Los frutos. El otoño. Lo húmedo, el aire y el agua. El cuarto color es el Amarillo, que representa al Sur. La noche. Cuando el sistema entra en receso para vitalizar la semilla del siguiente ciclo. Lo frío, el agua y la tierra. De todo lo anterior surge el glifo, imagen con la cual los mayas representaron al Sol, una flor de 4 pétalos de la que salen 4 estelas de energía en dirección a la Tierra. Las llamaron Kan Xtab Ka' An, las “cuatro cuerdas del cielo”. Irradian hacia las cuatro direcciones cardinales, dando lugar a las cuatro esquinas del espacio sagrado maya.




LAS CAVERNAS, OBSERVATORIOS CENITALES QUE UTILIZARON PARA MEDIR LA DURACIÓN DEL AÑO SOLAR

El segundo instrumento fue una tecnología heredada de los olmecas. Se trata de una caverna acondicionada como observatorio para registrar y medir el paso cíclico por el cenit del Mayab. En el Solsticio de verano, el Sol sale por el punto máximo al Noreste del horizonte terrestre. Al mediodía ocupa un punto en el cenit sobre una línea imaginaria –paralela al ecuador, 23,5º más arriba– que llamamos el Trópico de Cáncer. En ese momento sus rayos caen verticalmente sobre esa línea imaginaria. Los mayas ubicaron sus ciudades entre los 15º y los 23,5º de latitud norte, por lo que podían observar el Sol al mediodía en el cenit sobre sus cabezas, cuando las sombras que produce se encuentran bajo los objetos y los pies del observador. Aprovechando esto, en algunos lugares de México y Guatemala los mayas horadaron una estrecha chimenea desde la bóveda de una caverna hasta la superficie exterior y la forraron con bloques de piedra cortada para darle una forma hexagonal de unos 25 cms de diámetro. Buscaban controlar la entrada cenital de la luz del Sol al interior de la caverna, para medir de manera precisa el tiempo que le tomaba pasar nuevamente por el mismo punto. En la boca exterior del ducto lumínico colocaron una lámina delgada de cobre con una pequeña perforación en forma de T. La hendidura permitía que un rayo muy estrecho de la luz del Sol –cuando estuviera en posición cenital directamente sobre la chimenea– iluminara una base de piedra que colocaban en el piso de la cueva. Sobre ésta marcaban la posición exacta del rayo de luz en el paso cenital del Sol y luego –año tras año– verificaban el momento en que el rayo volvía a iluminar la marca previamente hecha sobre la piedra. En la zona tropical del planeta, el Sol realiza dos pasos cenitales cada año –uno en el primer semestre y otro en el segundo–, en fechas que varían dependiendo de la latitud del lugar donde se encuentra la caverna. Los astrónomos contaron los días transcurridos entre los tres intervalos que generaban esos dos pasos cenitales del Sol en el año, cuando el rayo volvía a ocupar la misma posición sobre la marca en la base de piedra. Así lograron averiguar que la duración exacta del año solar era de 365 y un cuarto de día, exactamente 365,242203 días. Esta información aparece registrada en Palenque, en dos fechas talladas con una diferencia de 550.420 días entre sí. Cifra que guarda la correspondencia entre los 365 días del calendario que llamaban el Haab (que significa el “ciclo de las lluvias”) y el año solar. Cada 1.507 vueltas de la rueda del Haab equivalen a 1.508 años solares. (550.420/1508 = 365 y 550.420/1507 = 365,242203). Conocían entonces el intervalo exacto de la órbita de la Tierra alrededor del Sol; pero, para facilitar sus cuentas, prefirieron usar la medida del año maya de 360 días o el Haab de 365 días cuando necesitaban más precisión.

LOS ALTARES DE LASPIRÁMIDES, OBSERVATORIOS PARA REGISTRAR LOS MOVIMIENTOS DEL SOL CON PRECISIÓN

El tercer instrumento –el más maravilloso y preciso de todos con los que los sacerdotes mayas estudiaron el Sol– fue un desarrollo del principio usado en las cavernas para registrar los pasos cenitales. Construyeron los altares de sus pirámides a manera de instrumentos ópticos para el registro horizontal y secuencial de los movimientos anuales del Sol.

Esta información proviene de investigaciones y pruebas realizadas durante más de diez años en diferentes observatorios prehispánicos, por el ingeniero mexicano Jorge Alberto Báez. Sus pruebas le permitieron verificar que tanto olmecas, como mayas y aztecas utilizaron cavernas naturales y los altares de sus pirámides como instrumentos para medir de manera muy precisa los desplazamientos del Sol. Cuando nos encontramos en Colombia con el propósito de compartir información, construimos un observatorio solar en el que he podido reproducir la manera simple pero extraordinaria como los mayas registraron sus movimientos. http://kryon.com/orbs/orbs.html



El altar dividido en dos partes una pública y otra secreta y cientifica donde registraban el Analema.


El Sol al desplazar cada día su punto de salida en el horizonte, desplazaba el rayo de luz y movía el punto en el que tocaba la pared, formando el Analema.


Los Altares de las pirámides cumplían simultáneamente dos funciones, una religiosa y una científica. Construidos a considerable altura –sobre las copas de los árboles de la selva que los rodeaba–, estaban libres de obstáculos para recibir directamente los rayos del Sol. Dividieron el altar en dos espacios, ambos cubiertos por la típica bóveda maya de piedra. El primero era un espacio abierto, desde donde el Sumo sacerdote se dirigía al pueblo y a través del cual accedían al segundo espacio, un salón cerrado al cual sólo los astrónomos encargados de su funcionamiento, el Sumo sacerdote o el Rey podían entrar. La pared que separaba los dos espacios se orientaba hacia el Este. Casi siempre tenía una figura sagrada tallada en piedra y una puerta profusamente tallada en madera y adornada con un precioso dintel, que ocultaba el propósito científico de la cámara interior. Servía además para camuflar un pequeño círculo en lo alto y en su centro que tenía una lámina de cobre con un pequeño orificio en forma de T. La perforación permitía la entrada al salón en penumbra, de un rayo muy fino de luz que iluminaba con un punto redondo la superficie de la pared trasera. Los astrónomos marcaban, todos los días a la misma hora, el punto donde el rayo de luz tocaba la superficie blanca preparada en la pared. Utilizaban una clepsidra (un sencillo reloj de agua), una vasija de barro, con un orificio en la base de un tamaño adecuado para asegurar el goteo del líquido durante un intervalo de un día hacia otra vasija receptora, que a su vez goteaba hacia una tercera vasija. Esto les permitía utilizar el mismo intervalo todos los días, garantizando que siempre se registrara el rayo de Sol en el mismo momento. Como el Sol se desplazaba todos los días frente al horizonte por la órbita de la Tierra a su alrededor, el punto de luz se desplazaba cada día un poco sobre la pared. Al registrarlo de manera sistemática durante los 365 días del año, la sucesión de puntos conformaban una gráfica con la forma del signo infinito. La ciencia actual la conoce hoy como el Analema.




El Analema es una curva cerrada que describe la posición del Sol en el cielo al registrarlo todos los días del año a la misma hora y desde el mismo lugar de observación.


Foto tomada por Tunc Tezel

Hoy se puede tomar una fotografía compuesta del Analema. Se fija sobre un trípode una cámara dirigida hacia el este y se toman fotografías a intervalos fijos –cada día o cada semana– sin mover la cámara. Se puede lograr sobreimprimiendo sobre la foto anterior o tomando fotos independientes para luego unirlas en un programa de edición fotográfica como Photoshop. La foto resultante tendrá siempre la misma forma del Nº 8 que obtenían los mayas en su gráfica. La curva del Analema que representa el movimiento infinito o continuo del Sol frente al horizonte.


Las 4 Estaciones Climáticas


El Analema develó el ciclo exacto formado por las cuatro esquinas del Sol. Los solsticios y los equinoccios que dan lugar a las 4 estaciones climáticas. También permitió encontrar exactamente los dos días del año en que el sol pasa al mediodía por el cenit –sobre la pirámide y sobre la caverna de observación– en esa latitud . Es el punto de cruce de la curva que conforma el signo de infinito.

Secuencia de 4 colores sagrados


Como resultado del registro sistemático del Sol en el Analema y su concordancia con eventos y fenómenos naturales, los mayas encontraron que el Sol varía la intensidad de su irradiación en períodos de 4 días; 2 en los que ésta se incrementa y 2 en los que decrece. Esto produce una ondulación energética que representaron con su secuencia ininterrumpida de 4 colores sagrados.


Secuencia de 18 meses de 20 días

Conformaron –con cinco de esos grupos menores de cuatro días– una secuencia mayor de 20 días que también registraron en el Analema. La concibieron de manera que cada día recibiera un número del 0 al 19, más uno de los 20 glifos solares (arquetipos o principios que influencian la mente del hombre y generan cambios en la naturaleza), los cuales añadían a la secuencia información sobre los procesos evolutivos que se podían experimentar durante esos 20 días. Fue así como crearon un nuevo patrón significativo y trascendente que contribuye a individualizar el espíritu de cada día. De la sucesión anterior surgieron los 18 glifos de los meses mayas de 20 días, otros arquetipos que a su vez le agregan información y las distintas características de un período mayor (el año maya) a cada día. Esto aporta grandes diferencias y potencialidades a esos 18 períodos por la posición que tiene el planeta en relación con el Sol en cada uno. La nueva secuencia de 18 meses contribuía con su información a determinar qué días inhibían o favorecían las distintas actividades que realizaba la comunidad, como la caza del venado, la apicultura, la siembra o el comercio.

Con el Analema también registraron las manchas solares y tormentas magnéticas más intensas. Éstas generan poderosos vientos solares que al llegar a la Tierra empujan su campo electromagnético, lo que a su vez mueve las placas tectónicas. Cuando esto pasaba, el punto donde tocaba el rayo del sol la pared del fondo se movía. Se salía del orden que llevaban los puntos anteriormente registrados. Se ha comprobado que cada 11 años en los picos de actividad de las manchas solares, aumentan los terremotos y las erupciones volcánicas. Las variaciones en el Analema facilitaban la predicción de su proximidad, lo que permitía que la comunidad se preparara. De manera similar estas manchas aumentan los infartos cardíacos y los ataques epilépticos en el hombre, por lo que había que extremar los cuidados con las personas que tuvieran esas condiciones durante esos períodos. Las cámaras horizontales de observación solar en los altares también les sirvieron para determinar de manera muy precisa cuándo sucederían los eclipses e inclusive las fases de la Luna.



LASPIRÁMIDESERAN PUNTOS FOCALES PARA OBSERVAR EL SOL Y DEVELAR CÓMO SE AJUSTA EL ESPACIO A PROPORCIONES SAGRADAS

Las pirámides que construyeron eran entonces sofisticados instrumentos científicos. Los astrónomos mayas utilizaron su Templo Máximo –la pirámide principal de sus más importantes ciudades estado– como punto focal para observar, registrar y construir a su alrededor un espacio sagrado desde el cual estudiaron el Sol. Buscaban construir un modelo mental que les permitiera comprender cómo funcionaba el Universo. Ese punto focal era el centro de varias esferas que operaban a distintas escalas. De esta manera verificaron la existencia de un orden escalar. Un patrón irregular, no simétrico, que se repetía a distintas escalas, en el que cada una de sus partes era proporcional a todas las demás y conservaba fielmente sus mismas características esenciales.

Hoy llamamos un fractal a ese tipo de orden escalar. El modelo del Universo maya estaba modelado y organizado por fractales. Ellos confirmaron la existencia de unas Proporciones Geométricas Divinas que condicionan las formas y que son constantes en múltiples escalas de la realidad. Esta repetición genera patrones similares y recurrentes a distintas escalas. Un Orden Supremo que genera un enorme espacio sagrado en cuyo interior anida todo lo que existe. En donde se conecta lo micro con lo macro, la tierra con el cielo, el hombre con El Todo. Un orden fractal que permite establecer correspondencias entre lo que está Arriba y lo que está Abajo; entre lo sutil y lo denso en la escala vertical de la realidad. Un orden espacial que también es jerárquico. Donde lo de arriba, lo sutil, determina lo de abajo, lo denso.

Sólo tres códices sobrevivieron la quema realizada por el fraile Diego de Landa en Yucatán, en la que se perdieron miles de documentos mayas. Curiosamente los tres constituyen la prueba de sus conocimientos astronómicos. El Códice Dresde, el “Kumatzim Wuj Jun” –como lo llamaban los mayas– contiene cálculos que relacionan los movimientos de la Luna, el Sol y la Tierra. Es una banda de papel pintada por las dos caras, fabricada con fibras de la corteza de la higuera. Tiene 78 secciones de 8,5 x 20,5 cms. Desplegado mide 3,5 metros de largo. Las tablas astronómicas inscritas demuestran que sabían que la Luna orbitaba la Tierra y que en ese recorrido se interponía cíclicamente entre ésta y el Sol, eclipsando sus rayos. También sabían que la Tierra eclipsaba cíclicamente la Luna llena, porque esos mismos códices relacionan eclipses solares y lunares, con ceremonias a sus divinidades y con los ciclos de lluvias. El Códice Dresde demuestra cómo se dedicaron –desde lo alto de sus pirámides– a diferenciar y a individualizar cada día del año. A determinar el tipo y la cantidad de energías que recibía la Tierra cada día, estudiando la posición de las distintas fuentes que la irradian y su relación con el planeta.

UTILIZARON EL DÍA DEL EQUINOCCIO COMO UN PUNTO DE REFERENCIA TEMPORAL PARA DEVELAR LOS CICLOS QUE DETERMINA EL ORDEN SUPREMO

De manera similar, utilizaron el día del equinoccio de primavera en el Hemisferio Norte –el día en que el intervalo de oscuridad es igual al intervalo de luz– como un punto de referencia temporal. Durante siglos, en ese mismo día, año tras año, observaron y registraron desde lo alto de sus pirámides los movimientos de los astros. Simultáneamente estudiaron la manera como sus energías afectaban las fuerzas elementales como el viento y la lluvia, generando transformaciones en toda la naturaleza, en la mente y en la vida cotidiana del hombre. Gracias a este punto de referencia temporal, lograron develar innumerables ciclos. Ciclos generados por los movimientos concatenados de las principales fuentes de energía en el cosmos. Ellos las veían como divinidades encarnadas en astros; como arquetipos; principios de orden o jerarquías universales, que ejercían su influencia ordenadora sobre las características de personalidad y sobre las vidas de los hombres. Todo esto, mientras reencarnaban en una Tierra que gira sobre su eje, que órbita al Sol y que precede hacia las constelaciones de estrellas. Ciclos energéticos e influencias de procedencia sagrada que inducen eventos repetitivos en múltiples escalas. Los Intervalos revelan que no sólo el Espacio se ajusta a una Proporción Geométrica Divina. También el Tiempo se ajusta a una Progresión Matemática Sagrada, conformando entre ambos –espacio y tiempo– un Orden Sagrado, que determina cuándo tienen lugar la sucesión de eventos que inciden en la consciencia del hombre.

Los mayas encontraron que la realidad tiene una unidad y una coherencia extraordinarias, que existen correspondencias entre los movimientos de los planetas y los eventos que les suceden a los hombres. Que los astros ejercen influencia sobre nuestros estados de ser y nuestras actitudes. Las relaciones geométricas sagradas y las progresiones matemáticas divinas generan sincronicidades entre todo lo que existe en un Universo dinámico. Conectan y correlacionan lo de arriba con lo de abajo. El Cosmos y la naturaleza, son presencias espirituales que se unen para potenciar la evolución de nuestra consciencia. Todo está interconectado, alerta y despierto, con el mismo propósito inteligente. Los sacerdotes y filósofos mayas consideraban que el propósito del Orden Supremo era garantizar un proceso eterno: la evolución de la consciencia de una infinita sucesión de entidades inocentes, que encarnamos en el Universo para aprender sobre lo que es verdad; para obtener comprensiones –a través de experiencias en carne propia– sobre el amor; la esencia divina que permite la manifestación de la diversidad. De esta manera, a través nuestro –de los miles de millones de millones de seres únicos y originales que existimos y que han existido, en miles de millones de planetas y realidades paralelas– El Todo manifiesta su enorme potencialidad y extrae comprensiones sobre su propia esencia. Verdades que atesora en su memoria –a la cual llamamos los registros Akazikos– mientras observa neutro e imparcial las creaciones que experimentamos y la manera en que libremente nos autotransformamos en seres cada vez más sabios, más humildes, más respetuosos y amorosos.

LOS 20 GLIFOS SOLARES SAGRADOS MAYAS, ARQUETIPOS QUE ILUMINAN LA REALIDAD


Cauac o Kawoq es el día de la clarividencia. Cuando se manifiestan las revelaciones.

Etznab o Tijaax es el día para evaluar con neutralidad el camino recorrido. Cuando hay
que tomar consciencia para saber lo que debemos cambiar.

Caban o Noj es el día de la sabiduría. Cuando hay que asumir el liderazgo y orientar a los demás

Cib o Ajmaak es el día para conectarse con la mente de la galaxia. Cuando hay que tener voluntad y disciplina para cambiar.

Men o Tzi’Kin es el día de la alta consciencia, de conectarse con los demás y dar gracias. Cuando hay que dedicarse a las artes.

Ix o B’alam es el día en que aparece el vidente, el hechicero, el que tiene poderes mágicos. Cuando pueden llegar eventos no deseados.

Ben o Aj es el día para explorar la naturaleza. Cuando hay que contactarse con el Cosmos y relacionarse con los niños.

Eb o Bee es el día de tomar el camino que nos conduce a nuestras metas. Cuando para respetar y tolerar, hay que dejar de juzgar.

Chuen o B’aatz’ es el día de la creatividad. Cuando hay que construir y ser solidario con los demás.

Oc o Tz’I es el día para disfrutar la vida emocional y la sexualidad. Cuando hay que valorar la lealtad y la fidelidad.

Muluc o Tooj es el día para evaluar y neutralizar el pasado. Cuando hay que aceptarlo y asumirlo para poder fluir con el Universo.

Lamat o Qanil es el día de la multiplicación. Cuando los resultados de los procesos se manifiestan como frutos en la creación.

Manik o Keej es el día de la sensibilidad. Cuando la mente se abre hacia los mundos invisibles, donde se encuentran los guías y los protectores.

Cimi o Kame’ es el día en que termina un ciclo. Cuando ocurre la transformación y llega un nuevo comienzo.

Chichan o Kaan es el día en que aparece la autonomía. La individualidad consolidada que comienza su camino evolutivo.


Ak’Bal o Aq'ab'al es el día en que el cuerpo desarrollado nace. Cuando se conecta con el espíritu a través de la primera bocanada de aire.

Ik o Iq es el día de la concepción. Cuando la corriente vital entra en la matriz y comienza a desarrollar el cuerpo.

Imix o Imox es el día en que la unidad da origen a la diversidad de espíritus. Cuando los procesos evolutivos comienzan

VERIFICARON QUE LA IRRADIACIÓN DEL SOL CAUSA EL CLIMA, LA LLUVIA Y LOS VIENTOS

Los mayas verificaron que el Sol –al ser la principal fuente de energía que recibe nuestro planeta–, además de ser la causa de todos los fenómenos naturales, el sustentador de la vida sobre la Tierra, es el generador del orden espacial y temporal, en múltiples escalas de la realidad. La radiación del Sol no es constante; por ello estudiarlo, registrar los cambios en la cantidad de energía que irradia y los efectos que estos cambios producen sobre la Tierra, no fue sólo una inquietud filosófica y religiosa para los mayas, sino una necesidad esencial para su supervivencia. Su alimentación, los cultivos que tenían, los animales que cazaban, dependían de su energía. El Señor de la luz –Kin’Ich Ahaw, como lo llamaban– es el principal generador de los ciclos que afectan a la naturaleza y a la consciencia del hombre. Su luz da forma y sustento a la vida. Las plantas la absorben y la transmutan a través de la fotosíntesis y la fijan como energía química en las sustancias de su organismo. Los animales y los hombres, a través de su proceso digestivo, las transforman en ácido carbónico y agua, liberando la misma energía absorbida por la fotosíntesis para el funcionamiento de su cuerpo.
Saber de qué manera las posiciones relativas de la Tierra, la Luna y el Sol determinan variaciones en esa energía, fue motivo de una investigación que ocupó a sus sacerdotes durante muchas generaciones. El Códice Madrid –el más largo de todos– tiene 115 secciones y desplegado mide 6,80 metros. Tiene tablas con las fechas adecuadas para las ceremonias en honor a la Luna y a Chaak, la divinidad de la lluvia. Confirma los períodos de lluvias en el año; un conocimiento esencial para la siembra y para el desarrollo adecuado de los cultivos.

Sus estudios del Sol develaron un orden que se manifiesta en los calendarios que diseñaron, los más precisos de civilización alguna sobre la Tierra. La energía que irradia el Sol hacia la Tierra –esencialmente la cantidad de luz visible y de rayos infrarrojos que calientan la superficie del planeta– es lo que determina fundamentalmente el clima de una región. Su posición geográfica define qué cantidad de esta energía puede recibir anualmente. Entre más cerca del Ecuador, más irradiación solar recibe y la zona será más cálida y tropical. En las regiones más cercanas al Ecuador –entre los 10º de latitud Norte y Sur– no hay sino dos estaciones, una seca y otra de lluvias; el rango de la energía que recibe se mantiene casi constante durante todo el año. La Tierra rota sobre un eje inclinado mientras realiza una órbita elíptica alrededor del Sol. Esto hace que el Hemisferio Norte y el Hemisferio Sur se acerquen o se alejen del Sol, por lo que la cantidad de irradiación que reciben varía. En el hemisferio que se inclina hacia el Sol, tiene lugar el verano porque recibe más luz y calor, lo que hace que haya días más largos y noches más cortas. Mientras tanto, en el otro hemisferio, que recibe menos energía, sucede el invierno; los días son más cortos y las noches más largas. La irradiación del Sol –la cantidad de energía solar recibida por la superficie de la Tierra– determina el clima, la generación de vientos en la atmósfera y de nubes en el cielo. Por lo tanto el Sol define la cantidad de lluvia que se produce. La irradiación solar evapora el agua del suelo al calentar la superficie de la Tierra, lo que a su vez calienta el aire en la atmósfera. El aire húmedo y caliente es más liviano –menos denso que el que lo rodea–, por lo cual tiende a subir. Al hacerlo, se expande, puesto que a mayor altura es menor la presión atmosférica. Al expandirse se enfría y el vapor de agua que porta se condensa en pequeñas gotas de agua o cristales de hielo, los cuales se agrupan formando nubes. Eventualmente esta condensación se vuelve muy pesada y cae a tierra como lluvia o nieve, dependiendo de la temperatura de la atmósfera. Quiere decir entonces que el ciclo de lluvias también es producido por el Sol.

A medida que el aire caliente asciende, el aire frío ocupa su lugar, lo cual genera los vientos alrededor del mundo. Los vientos son aire en movimiento ocasionado por la irradiación del Sol y por el efecto “Coriolis”, que afecta a todo lo que se mueva sobre la superficie del planeta. La rotación de la Tierra –de izquierda a derecha– empuja el viento hacia la derecha en el Hemisferio Norte y hacia la izquierda en el Hemisferio Sur. Este es el efecto que llamamos “Coriolis” por su descubridor Gaspard-Gustave Coriolis.

Para los mayas los vientos eran una muestra poderosa de la relación de Chaak –divinidad del agua y del viento– con el Sol. Chaak manifestaba la niebla, las nubes, el trueno, el relámpago, la lluvia y la tormenta. Encarnaba en los lagos, los ríos y los mares. Activado por el Sol, Chaak lloraba y de sus grandes ojos brotaba la lluvia –su Itz o esencia– en forma de lágrimas. Cuando Chaak respiraba, su aliento exhalaba el gran espíritu del viento, desde las mismas cuatro esquinas del Universo por donde aparecen los solsticios y los equinoccios. A los vientos los llamaban Ik, palabra que también significa espíritu y aliento. Había vientos benévolos, como el viento cálido del Este y el poderoso viento del Norte. También había otros malévolos, como el helado viento del oeste y el viento húmedo del Sur. En ocasiones, activado por el Sol, Chaak hacía que los vientos y las lluvias se convirtieran en tempestades capaces de causar grandes daños. También en tornados, los cuales son remolinos de viento que concentran una gran cantidad de energía en una pequeña área por un corto tiempo, lo que les da una gran capacidad de destrucción.

En las zonas mayas, muy cercanas a los trópicos, una tormenta –sobre las aguas más cálidas del océano– puede convertirse en huracán, cuando las velocidades del viento aumentan a más de 150 kph. Una vez formados, los huracanes toman energía del calor del océano y del aire húmedo que se encuentra sobre éste. Mientras un huracán se encuentre sobre aguas cálidas, continuará creciendo; y se debilitará al desplazarse tierra adentro o lejos del trópico, en donde las aguas oceánicas son más frías.

Hemos visto cómo, utilizando los más ingeniosos y precisos instrumentos científicos, los mayas develaron el Orden Supremo y los ciclos que –a través del Sol– éste genera en la realidad. Así pudieron elaborar sus profecías para estos tiempos. Porque son los cambios cíclicos del Sol –los aumentos en su irradiación– los que tienen la capacidad para crear al principio y al final del Gran Ciclo Cósmico (cada 26.000 años) un cataclismo sobre el planeta. También pueden generar en su punto intermedio –momento que estamos viviendo actualmente– innumerables Eventos de Destino: fuertes aumentos de temperatura, derretimiento de polos y glaciares, terremotos, erupciones volcánicas, supertormentas, grandes alteraciones en el régimen de lluvias, inundaciones, tornados y huracanes.